Alma

El alma es nuestra morada más profunda. Aquello inaprensible que no podemos tocar. Lo más íntimo de nuestro ser. Tal vez, lo que concentra la esencia de la persona que somos. Si el cuerpo es el vehículo y el cerebro las riendas, el alma es la chispa o el propio conductor. Su lenguaje es sutil y simbólico. Conectar con ella no es fácil porque la moderna sociedad en la que vivimos ha tendido a desvincularnos de ella. Escuchar al alma es una práctica de los albores de los tiempos, algo que la industrialización y la moderna tecnología sin querer han vetado. Hoy, cuando las enfermedades de la mente encabezan la lista de perjuicios para nuestra salud, es necesario recuperar el contacto con ella. El alma es nuestra base esencial, la chispa que nos conecta con el fuego universal. Sin ella, nos perdemos en los laberintos de la razón. Alcanzarla no es un camino de corto recorrido, ni un atajo sino un proceso lento y progresivo. Artistas de todos los tiempos han estado en profundo contacto con ella y obviamente, los monjes que han dedicado sus vidas a la religión.  No obstante, vivir en comunión con tu alma no implica ser sacerdote o monje. Todos tenemos el derecho y la necesidad de escuchar a nuestra alma, sintiéndola, empatizando y dejando que se manifieste. El yoga es uno de los caminos laicos para comunicar con ella, pero no el único. Cuando un músico entra en trance, contacta con su alma, como lo hace el pintor, el sabio o el inventor. El alma forma parte de nuestra naturaleza esencial. En la práctica del yoga, poder redescubrirla es uno de los grandes objetivos. Esta intención debe estar más allá de conseguir un cuerpo flexible y armonioso, aunque todo está interrelacionado. Igualmente, una buena respiración y capacidad para meditar son básicas para alcanzar nuestra alma.

Mente cuerpo y alma forman esa tríada sagrada que crea a la persona. Pienso que no es necesario enmarañarse en definir el alma. Forma parte de todo aquello que queda más allá de la razón. Eso que conforma nuestro ser desde lo más profundo.  Heráclito decía “no encontrarías los límites del alma, ni aunque recorrieras todos sus caminos.”

Los griegos fueron quienes establecieron la división occidental entre cuerpo y alma que la cristiandad consolidó. Así pensamos en cuerpo y alma como entidades completamente separadas. Al morir abandonamos nuestro cuerpo y es el alma la que va al cielo si hemos sido buenos o al infierno en caso contrario. En cambio, en otras culturas o en sociedades primitivas pueden separarse en momentos concretos como la muerte, pero en general se contemplan como algo indivisible durante la vida. Es la teología cristiana la que crea el dualismo cuerpo/alma. En esta división el primero es mortal y la segunda inmortal.

La filosofía del yoga tiende como siempre a integrar, de forma que cuerpo, mente y alma forman un entramado esencial dibujado como una serie de anillos o círculos concéntricos entorno a la persona.

El alma nos hace ver más allá de lo que vemos, en un sentir, intuitivo, inaprensible que puede llegar a asustarnos o incluso confundirnos. Sus mensajes no son claros. Hay que interpretarlos como las notas de un instrumento cuando improvisamos. No sabemos de dónde viene, desciende como una fuente o como un chorro de inspiración. El alma se templa, se cultiva y se labra para vivir más conectado con nuestro ser esencial.

Con su sabiduría y herramientas, el yoga trata de potenciar nuestra base espiritual para que el alma emerja en todo su esplendor.

 

Alexis Racionero Ragué

Extraído de Yoga, una filosofía de vida (Ed Siglantana, oct 2021)

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